“ Illumina Domine Vultum Tuum super nos ”
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martes, 24 de julio de 2012

Sobre la comunión en la mano

Escrito por Mons. Malcolm Ranjith

En el libro del Apocalipsis, San Juan cuenta que, habiendo visto y oído aquello que le había sido revelado, se postraba en adoración a los pies del Ángel de Dios (cf. Apc 22:8). Postrarse o arrodillarse en humilde adoración ante la majestad de la presencia de Dios era un hábito de reverencia que Israel manifestaba siempre delante de la presencia del Señor. En efecto, dice el primer libro de los Reyes: «Cuando hubo acabado Salomón de hacer esta oración y súplica, se puso de pie delante del altar del Señor, donde estaba arrodillado, y con las manos tendidas al cielo, puesto en pie, bendijo a toda la asamblea de Israel» (1 Reyes 8:54-55). La postura de la súplica del Rey es clara: él estaba arrodillado delante del altar.

La misma tradición se encuentra también en el Nuevo Testamento, donde vemos a Pedro ponerse de rodillas delante de Jesús (cf. Lc 5:8); a Jairo, para pedirle que cure a su hija (Lc 8:41); al Samaritano, cuando regresa para agradecerle su curación; y a María, hermana de Lázaro, para pedirle la vida de su hermano (Jn 11:32). La misma actitud de postración delante del estupor de la presencia y revelación divinas se nota por todas partes en el libro del Apocalipsis (cf. Apc 5:8, 14 y 19:4).

Estaba íntimamente relacionada con esta tradición la convicción de que el Templo santo de Jerusalén era la Casa de Dios y, por lo tanto, era necesario disponerse en él en actitudes corporales expresivas de un profundo sentimiento de humildad y de reverencia en la presencia del Señor.

También en la Iglesia, la convicción profunda de que bajo las especies eucarísticas el Señor está verdadera y realmente presente, y la creciente praxis de conservar la santa comunión en los tabernáculos, contribuyó a la práctica de arrodillarse en actitud de humilde adoración del Señor en la Eucaristía.

Efectivamente, al respecto de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, el Concilio de Trento proclamó: «En primer lugar, enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente confiesa, quedespués de la consagración del pan y del vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo las especies sensibles de pan y de vino» (DS 1651: Sesión XIII, Cap. II).

Además, Santo Tomás de Aquino ya había definido la Eucaristía como «latens Deitas» (Himno Adoro Te, devote). La fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas pertenecía ya entonces a la esencia de la fe de la Iglesia Católica y era parte intrínseca de la identidad católica. Era evidente que no se podía edificar la Iglesia si esa fe fuese mínimamente menoscabada. 

Por lo tanto, la Eucaristía, pan transubstanciado en Cuerpo de Cristo y vino en Sangre de Cristo, Dios en medio de nosotros, debía ser acogida con estupor, máxima reverencia y actitud de humilde adoración. El Papa Benedicto XVI, recordando las palabras de San Agustín «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; peccemus non adorando» (Enarrationes in Psalmos 89, 9 ; CCLXXXIX, 1385) subraya que «recibir la Eucaristía significa ponerse en actitud de adoración hacia Aquel que recibimos, (...) sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera» (Sacramentum Caritatis, 66).

Queda claro que, para quien sigue esta tradición, se vuelve coherente e indispensable asumir gestos y actitudes del cuerpo y del espíritu que facilitan el silencio, el recogimiento, la humilde aceptación de nuestra pobreza delante de la infinita grandeza y santidad de Aquel que nos sale al encuentro en las especies Eucarísticas. El modo mejor para expresar nuestro sentimiento de reverencia hacia el Señor Eucarístico era el de seguir el ejemplo de Pedro que, como nos cuenta el Evangelio, se arrojó de rodillas delante del Señor, y dijo, «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador» (Lc 5:8).
Ahora bien, se nota que en algunas iglesias, tal práctica se hace cada vez más rara y los responsables no sólo imponen a los fieles recibir la Sagrada Eucaristía de pie, sino que incluso han sacado los reclinatorios, obligando a los fieles a permanecer sentados o de pie, incluso durante la elevación de las especies Eucarísticas presentadas para la adoración después de cada consagración. Es extraño que tales procedimientos hayan sido adoptados, en las diócesis, por los responsables de la liturgia, y en las iglesias, por lo párrocos, sin la más mínima consulta a los fieles, aunque hoy se hable más que nunca, en ciertos ambientes, de democracia en la Iglesia.

Al mismo tiempo, hablando de la comunión en la mano, es necesario reconocer que se trató de una práctica introducida abusivamente y a prisas en algunos ambientes de la Iglesia inmediatamente después del Concilio, cambiando así la práctica anterior de siglos y siendo impuesta enseguida como la práctica regular para toda la Iglesia. La razón aducida para tal cambio era que, supuestamente, reflejaba mejor el Evangelio o la antigua práctica de la Iglesia.

Parece ser correcto decir que, si se recibe en la lengua, también se puede recibir la Eucaristía en la mano, porque ambos órganos del cuerpo tienen la misma dignidad.  Incluso, algunos, para justificar tal práctica, se refieren a las palabras de Jesús:  «Tomad y comed» (Mc 14:22; Mt 26:26).

Cualesquiera sean las razones que se aduzcan para sostener esta práctica, no podemos ignorar lo que sucede, a nivel mundial, en todas partes adonde se adopta la comunión en la mano. Pronto gesto contribuye a una gradual y creciente debilitación de la actitud de reverencia hacia las sagradas especies eucarísticas. La praxis anterior, en cambio, preservaba mejor ese debido sentido de reverencia.

Adonde se ha introducido la comunión en la mano se ha sucedido enseguida una alarmante falta de recogimiento y un espíritu general de distracción. Ahora, por ejemplo, se ven comulgantes que frecuentemente regresan a sus asientos después de comulgar como si nada de extraordinario hubiera ocurrido. Aún más distraídos se ven los niños y adolescentes. En muchos casos, no se nota ese sentido de seriedad y silencio interior que deben señalar la presencia de Dios en el alma.

El Papa habla de la necesidad de no sólo entender el verdadero y profundo significado de la Eucaristía, sino también de celebrarla con dignidad y reverencia. Nos enseña que debemos ser conscientes «de los gestos y de las posturas, como el arrodillarse en los momentos prominentes de la oración eucarística» (Sacramentum Caritatis, 65). Además, hablando de la recepción de la sagrada comunión, invita a todos a «hacer lo posible para que el gesto, en su simplicidad, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor Jesucristo en el Sacramento» (Sacramentum Caritatis, 50).

En esta perspectiva, es de apreciar la obra escrita por S.E. Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Karaganda en Kazaquistán, con el muy significativo título, «Dominus Est». El mismo quiere dar una contribución a la actual discusión sobre la Eucaristía, presencia real y substancial de Cristo bajo las especies consagradas del pan y del vino. Es significativo que Mons. Schneider inicie su presentación con una nota personal recordando la profunda fe eucarística de su madre y de otras dos mujeres—fe conservada en medio de tantos sufrimientos y sacrificios como los que tuvo que padecer la pequeña comunidad de católicos de aquel país en los años de la persecución soviética. Partiendo de esta experiencia suya, que suscitó en él una gran fe, asombro y devoción por el Señor, presente en la Eucaristía, él nos presenta un excursus histórico-teológico que aclara cómo la práctica de recibir la sagrada comunión en la boca y de rodillas fue acogida y practicada por la Iglesia durante un largo período de tiempo.

Yo creo que ha llegado la hora de valorar bien la mencionada práctica; y de revisar y, si es necesario, abandonar la práctica actual, que de hecho no fue solicitada ni por la Sacrosanctum Concilium, ni por los Padres Conciliares, sino que fue aceptada después de que fuera introducida abusivamente en algunos países del norte de Europa. Ahora, hoy más que nunca, es necesario ayudar al fiel a renovar una viva fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas para renovar y defender así la vida de la Iglesia en medio de las peligrosas distorsiones de fe que tal práctica continúa creando.

Las razones que obligan a esto no son tanto académicas cuanto pastorales – tanto espirituales como litúrgicas – es decir, aquellas que edifican mejor la fe. Mons. Schneider, en este sentido, muestra un encomiable coraje, pues ha sabido entender el significado de las palabras de San Pablo: «pero que todo sea para edificación» (1 Cor 14:26).

lunes, 16 de julio de 2012

MÁLAGA: CARMELITAS IMPIDEN COMULGAR DE RODILLAS



La Parroquia de Stella Maris, en pleno centro de Málaga, está encomendada a los padres Carmelitas Descalzos. Unos carmelitas que no toleran que se comulgue de la única forma en que recibió la comunión Santa Teresa de Jesús: de rodillas.

Su párroco, padre José Manuel Fernández Camino niega sistemáticamente la comunión a los fieles que desean recibirla arrodillados. Algo que sucede con relativa frecuencia ya que esta iglesia es de las más concurridas de la ciudad.

No es necesario que explique a nuestros lectores que negar la comunión a un fiel que se arrodilla es una grave falta. En primer lugar porque el sacerdote está para distribuir los sacramentos y no para negarlos, negar un sacramento de forma arbitraria contradice su propio ministerio sacerdotal.

En segundo lugar porque el fiel que desea comulgar de rodillas, no está pidiendo ningún favor, sino que está ejerciendo un derecho que la Santa Sede le otorga.

Por último, durante todo el Pontificado del Papa Benedicto XVI, el Santo Padre da ejemplo en todas sus Misas de que comulgar de rodillas es una forma no solo correcta, sino idónea, al distribuir la comunión exclusivamente de rodillas y en la boca. De la misma forma, el Señor Obispo de Málaga distribuye la comunión ante un reclinatorio.

Con esto quiero decir que, si bajo el pontificado del Beato Juan Pablo II el denegar la comunión a un fiel que se arrodilla era un abuso condenado por la Congregación para el Culto Divino, bajo Benedicto XVI este hecho reprobable tiene un matiz aún más escandaloso, porque supone una burla al ejemplo del Papa.


Un sacerdote que hace público menosprecio del ejemplo del Papa, de las leyes canónicas y de los sentimientos de los fieles a los que humilla ante al altar, desprestigia la comunidad religiosa a la que pertenece.

No me explico como estando la Iglesia gobernada por un pontífice humilde y lleno de respeto y delicadeza como Benedicto XVI, no se miran en él los sacerdotes para no comportarse de forma caprichosa y altanera.


FUENTE: http://www.accionliturgica.blogspot.com/

miércoles, 11 de julio de 2012

EL SACRIFICIO EN LA MISA

Escrito por Cardenal Juan Bona

I. Qué clase de sacrificio es la Misa.

Aunque muchos eran los sacrificios en la antigua Ley, en la nueva, sin embargo, sólo existe un único sacrificio, que tanto más perfectamente excede la diferencia de todos los holocaustos de la Ley mosaica cuanto más excelente y aceptable a Dios es la víctima que en él se inmola. Es, pues, la Misa sacrificio latréutico o de adoración, ofrecido a Dios para rendirle el supremo culto y el más alto honor, como a nuestro primer principio y nuestro último fin, en testimonio de su excelencia infinita, de su dominio y majestad, y de nuestra dependencia, servidumbre y sujeción a El. Es eucarístico: acción de gracias por todos los beneficios (que nos hace el mismo Dios en cuanto es nuestro bienhechor) de naturaleza, de gracia y de gloria. Es propiciatorio y satisfactorio por los pecados y las penas merecidas, pues aplica a todos aquellos por quienes se ofrece la fuerza y la virtud del sacrificio de la cruz; más aún, es el mismo sacrificio en la substancia ("quoad substantiam"), la misma hostia y el mismo oferente principal, aunque se ofrezca de diverso modo. Y se llama propiciatorio porque por esta oración el Señor es aplacado y concede la gracia y el don de la penitencia a los pecadores que no ponen obstáculos; condona las penas merecidas por el pecado porque por el sacrificio de la Misa se aplica el sacrificio de Cristo, quien satisfizo en la cruz por los pecados de todo el mundo. 

Condona las mismas penas a los difuntos que están en el purgatorio, porque con este fin fue instituido también por Cristo, como consta por la postestad que se confiere a los sacerdotes en la ordenación, de ofrecerlo por vivos y difuntos; este efecto nunca se puede impedir, porque es imposible que aquéllos pongan óbice alguno. Por tanto, para aquellos por los cuales se ofrece, vivos o difuntos, la remisión de la pena será en la misma medida que en su misericordia fijó el mismo Cristo. Pues aunque la víctima que se ofrece es de valor infinito, sin embargo, nuestra oblación, según enseñan comúnmente los teólogos, sólo tiene un efecto finito. Para los que conjuntamente ofrecen el sacrificio, este efecto se aumenta según la devoción y disposición interior de cada uno. 

Por último, habiéndonos merecido Cristo no sólo la remisión de los pecados, sino también otros muchos beneficios, este sacrificio es por consecuencia también impetratorio de todos los bienes, primero de los espirituales, y en segundo lugar de los temporales, en cuanto que a aquéllos conducen. Pero como de por sí solamente tiene el poder de impetrar en general, para que algo determinado se impetre, la intención del oferente debe aplicarse a ello de modo especial. Sin embargo, para impetrar por la Iglesia siempre interviene la intención de la misma Iglesia, principalmente con relación a aquello que en las oraciones de la Misa se pide a Dios; pues también la Iglesia es oferente en la persona de su ministro.

II. De los que ofrecen este sacrificio.

 El primero y principal oferente es Cristo, el único que pudo ofrecer un sacrificio aceptable al Padre, y por ofrecerlo diariamente y por medio de sus ministros sacerdotes, se dice que es sacerdote eterno, según está escrito: «Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech». «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec». Cristo, pues, no sólo es oferente por haber instituido el sacrificio y por haberle conferido toda la fuerza de sus méritos, sino sobre todo porque el sacerdote en su persona, en cuanto ministro y legado de Cristo, realiza el sacrificio en representación suyacomo consta por las palabras de la consagración; pues no dice: «Este es el Cuerpo» o «Esta es la Sangre de Cristo», sino  «Este es mi Cuerpo» o «Esta es la Sangre de Cristo», sino «Este es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre». Por lo tanto, Cristo juntamente con el sacerdote ofrece a Dios Padre por los hombres el mismo sacrificio; y en virtud; y en virtud de su Persona, que es de una santidad purísima y de una dignidad infinita, este sacrificio es siempre puro y grato a Dios, aunque se ofrezca por un ministro pecador.
El segundo oferente es la Iglesia católica, de quien es ministro el sacerdote y todos sus fieles no excomulgados, que de algún modo lo ofrecen también por medio del sacerdote no en cuanto ministro, sino en cuanto legado o mediador. Pues así como se dice que toda sociedad obra lo que su legado realiza en su nombre, de la misma manera puede decirse también que todos los católicos ofrecen el sacrificio porque el sacerdote, en la persona de toda la Iglesia, sacrifica en nombre de ellos. Aunque no todos de la misma manera, pues unos ofrecen el sacrificio sólo habitualmente, porque ni están presentes en el sacrificio, ni piensan en él; no obstante, al estar todos unidos a la Iglesia por la caridad, se supone que hacen habitualmente lo que ella hace. Otros de manera causal, mandando o procurando que alguien celebre el santo sacrificio, lo que ocurre sobre todo cuando se dan limosnas con este fin. Otros, por último, lo ofrecen actualmente; son los que están de hecho presentes en el sacrificio.
El tercer oferente y ministro propio de este sacrificio es el sacerdote legítimamente ordenado, cuya potestad es tan firme e inamovible que, aun en el caso en que sea hereje o esté suspenso, depuesto, degradado o excomulgado, realiza y ofrece este sacramento, aunque ilícitamente, siempre que emplee la materia y la forma legítimas. Y no se mengua tampoco el valor del sacrificio aunque el sacerdote sea totalmente indigno o esté apartado de la Iglesia; pues el fruto no depende de la cualidad del ministro, sino de la institución de Cristo.

 

III. Eficacia del sacrificio de la Misa.

 Se puede considerar en este sacrificio una doble eficacia, una que llaman los teólogos «ex opere operato» , independiente del mérito y de la dignidad del ministro; otra «ex opere operantis», que depende del sacerdote oferente, de su mérito y santidad, de quien recibe su valor y virtud. Enseñan los teólogos que el primer efecto «ex opere operato» ni el sacerdote ni los fieles lo reciben, en cuanto oferentes, sino en cuanto el sacrificio se ofrece por ellos; pues el sacrificio no produce este efecto sino en favor de aquellos para quienes fue instituido y del modo según el cual fue instituido; ahora bien, fue instituido para que se ofreciera por los hombres, y precisamente en provecho de aquellos por quienes se ofrece; y como quiera que aplica la virtud del sacrificio de la cruz, no causa este efecto sino en la persona a quien se aplica tal virtud, cosa que realiza el oferente al hacer la oblación por una persona determinada. Fue siempre opinión constante entre los católicos que este sacrificio produce «ex opere operato» (es decir, si no pone obstáculo la persona por quien se ofrece) efectos infalibles y determinados, como son la remisión de alguna pena debida por pecados ya perdonados o el don de una gracia preveniente para obtener la remisión de los pecados cometidos. Por lo que se refiere a la eficacia impetrativa, sabemos por experiencia cotidiana que no es infalible, pues no siempre obtenemos todo lo que pedimos ni aquella intención por la que se ofrece el sacrificio. Esto procede de la naturaleza de la impetración que exige libertad en el que concede, de tal manera que puede conceder o negar a su arbitrio aquello que se pide. Pedimos, pues, exponiendo nuestras razones que creemos pueden mover a Dios a obrar en un sentido, sin que esté obligado por ello en virtud de un pacto establecido. En consecuencia, no pedimos nada sin que nuestra voluntad esté conforme, respecto de lo que pedimos, con la voluntad de Cristo, a la que por sernos desconocida no podemos acomodarnos del todo. Es cierto, sin embargo, que el sacrificio no carece de este efecto, porque aunque Dios no conceda lo que precisamente pedimos, nos otorga lo que  «hic et nunc» juzga más conveniente para nosotros.
altRespecto al segundo efecto «ex opere operantis», dos son los motivos por los que puede aumentar su eficacia. El primero es la probidad y dignidad del celebrante, cuya raíz son la gracia santificante y las virtudes que acompañan a la gracia; pues cuanto más santo y más grato a Dios sea el sacerdote, tanto más aceptables serán sus dones y oblaciones. La segunda es la devoción actual con la que se ofrece el sacrificio; pues cuanto mayor sea aquélla, tanto más le servirá de provecho. Y así como las demás obras buenas que hace el justo son tanto más meritorias e impetratorias, y valen más para la satisfacción y remisión de la pena como cuanto con mayor perfección y fervor se hagan, así también este sacrificio, ya se considere como sacrificio o como sacramento, cuanto más devotamente se ofrece y se recibe, tanto más aumenta el mérito y aprovecha más a quienes lo ofrecen por sí mismos y lo reciben y a aquellos por los que se ofrece. Debe procurar, por tanto, el sacerdote ser muy grato y acepto a Dios por el continuo ejercicio de las virtudes heroicas, crecer ante El en gracia y santidad, y celebrar siempre con gran fervor y devoción. Y con ello, él mismo como aquellos por quienes se ofrece el sacrificio, alcanzan mayores y más eficaces efectos «ex opere operantis».

martes, 10 de julio de 2012

Algunos santos y Papas sobre la Comunión en la mano...


San Basilio el Grande, Doctor de la Iglesia (330-379) "El derecho de recibir la Santa Comunión en la mano es permitida solamente en tiempos de persecución". San Basilio el Grande consideraba la Comunión en la mano tan irregular que no vaciló en considerarlo una grave falta.


Santo Tomas de Aquino:(1225-1274) "Para reverenciar este Santo Sacramento (La sagrada Eucaristía), nada lo toque, salvo lo que está consagrado; así como la Hostia y el Cáliz están consagrados, así lo están las manos consagradas de los sacerdotes, para tocar este Sacramento". Summa Theológica, Parte III; Q.82, art3, Rep Obj 8).


S. F. de Asís: (1182-1226) “Sólo ellos, (los sacerdotes), deben administrarlo, y no otros.” ( Carta 2ª, a todos los fieles, 35).

(JESÚS A...) SANTA BRÍGIDA DE SUECIA, + 1373: "Mira, hija mía, les obsequio cinco cosas a mis sacerdotes (...), y en quinto lugar el privilegio de tocar con sus manos mi Carne Sagrada."
Beata M. Teresa de Calcuta: “...el peor mal de nuestro tiempo es la Comunión en la mano.” (The Wanderer, 23 de marzo de 1982)




San Sixto I ( a.115) "Las Sagradas Especies no son para ser manipuladas por otros que no estén consagrados al Señor".


Papa San Eutychian (275-283) "Prohiban a los creyentes tomar la Sagrada Hostia en la mano".


El Papa San León el Grande (440-461): "Enérgicamente defendemos y requerimos a los creyentes obediencia en cuanto a la practica de administrar la Sagrada Comunión en la lengua del creyente."


San Pío X "Cuando se recibe la Comunión es necesario estar arrodillado, tener la cabeza ligeramente humillada, los ojos modestamente vueltos hacia la Sagrada Hostia, la boca suficientemente abierta y la lengua un poco fuera de la boca reposando sobre el labio inferior".


Pio XII: “Hay que reprobar severamente la temeraria osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas costumbres litúrgicas, o hacen renacer ritos ya desusados, y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes.”


Papa Pablo VI (1963-1978): "Este método (en la lengua) debe ser continuado".(Memoriale Domini).


Beato Juan Pablo II: "Tocar las Sagradas Especies y distribuirlas con sus propias manos es un privilegio de los ordenados"(Dominicae Cenae,11).


"No está permitido que los creyentes puedan tomar por si mismos el Pan Consagrado y el Sagrado Cáliz, ni mucho menos que se los dé a otro".(Inaestimabile Donum, 17 de abril de 1980,sec9)


Benedicto XVI : habla tambien con el ejemplo:

San Pio de Pietrelcina y la Santa Misa





En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia.
En este presente trabajo sacamos algunos pasajes en los que el Padre Pío hablaba de la Santa Misa:

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.

Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz.

Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración.

Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única en el mundo -decía llorando.

¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.

Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.

Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, sólo en cuanto lo puede hacer una creatura humana. Y esto, a pesar de cada uno de mis faltas y por su sola bondad.

Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio.

¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.

Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.

¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?

En la Consagración y en la Comunión.

Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!

¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...?
Llora conmigo de ternura.

Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa?

Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus creaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad.

Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!

Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco?

Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.

¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.

Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas.

Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme.

¿No le distraen los ruidos?
Para nada.

Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...).

Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación.

Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio?

Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo...

Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.

En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?

¿Como se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.

Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos?
Evidentemente.

¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!

¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.

Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.

Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.

¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.

¿En qué momento?
Después de la Consagración.

¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.

Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesus.

¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.

Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.?
Pues... no lo siento.

Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante?

¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente.

Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma?
El ser entero.

¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.

Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pidamos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús.

¿Sufre Vd. también en la Comunión?
Es el punto culminante.

Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.

¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.

Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.

¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comunión.

¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.

Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.

Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.

Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!

¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena.

Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo?

¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.

¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

¿Y los ángeles?
En multitudes.

¿Qué hacen?
Adoran y aman.

Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.

¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.

Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar...
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).

¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!
(No contesta).

Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí.

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:

Padre, quiero hacerle una pregunta.

Dime, hijo.

Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?

Para oírla mejor, Padre
.Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.

Pues eso es lo que quiero saber, Padre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.

miércoles, 4 de julio de 2012

DEL CATECISMO MAYOR, DE SAN PÍO X: DE LA MANERA DE ASISTIR A LA SANTA MISA


666.- ¿Qué cosas son necesarias para oír bien y con fruto la santa Misa?
Para oír bien y con fruto la santa Misa son necesarias dos cosas: 
1ª., modestia en el exterior de la persona;
 2ª., devoción del corazón.

667.- ¿En qué consiste la modestia de la persona? 

 La modestia de la persona consiste de un modo especial en ir modestamente vestido, en guardar silencio y recogimiento y en estar cuanto sea posible arrodillado, excepto el tiempo de los evangelios, que se oyen en pié.

668.- ¿Cuál es la mejor manera de practicar la devoción del corazón mientras se oye la santa Misa?

La mejor manera de practicar la devoción del corazón mientras se oye la santa Misa, es la siguiente:

1º. Unir desde el principio nuestra intención con la del sacerdote, ofreciendo a Dios el santo sacrificio por los fines para que fue instituido.

2º. Acompañar al sacerdote en todas las oraciones y acciones del sacrificio.

3º. Meditar la pasión y muerte de Jesucristo y aborrecer de corazón los pecados que fueron causa de ella.

4º. Hacer la comunión sacramental o, a lo menos, la espiritual, al tiempo que comulga el sacerdote.

669.- ¿Qué es comunión espiritual? 

Comunión espiritual es un gran deseo de unirse sacramentalmente a Jesucristo, diciendo, por ejemplo: “Señor mío Jesucristo, deseo con todo mi corazón unirme a Vos ahora y por toda la eternidad”, y haciendo los mismos actos que preceden y siguen a la comunión sacramental.

670.- ¿Estorba oír la Misa con fruto el rezo del Rosario y de otras preces durante la misma? 

 El rezo de esas preces no estorba oír con fruto la Misa, con tal que se procure buenamente seguir las ceremonias del santo sacrificio.

671.- ¿Es loable rogar también por otros mientras se asiste a la Santa Misa? 

Es loable rogar también por otros mientras se asiste a la santa Misa; antes bien, el tiempo de la Santa Misa es el más oportuno para rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

672.- ¿Qué se debe hacer acabada la Misa? 

Acabada la Misa debemos dar gracias a Dios por habernos concedido asistir a tan gran sacrificio y pedir perdón por las faltas que hubiésemos cometido al oírla.

martes, 3 de julio de 2012

Eucaristía, un beso de Jesús a mi alma



LA EUCARISTÍA EN LA VIDA DE SANTA TERESA DE LISIEUX
Santa Teresita nos ofrece en sus manuscritos autobiográficos numerosos datos que nos indican la importancia fundamental de la devoción eucarística en su familia y en su vida, tanto de seglar como en el monasterio. Casi en sus primeras páginas nos recuerda una costumbre arraigada desde su más tierna infancia. Su padre la llevaba cada tarde a hacer la visita al Santísimo: “Todas las tardes iba a dar un paseíto con papá; hacíamos juntos nuestra visita al Santísimo Sacramento, visitando cada día una iglesia distinta” (Ms A 14rº). 
Siendo muy pequeña quiso dar una limosna a un pobre, que no la aceptó. Entonces se propuso rezar por él cuando hiciera su primera comunión, lo que cumplió varios años más tarde: “Recordé haber oído decir que el día de la primera comunión se alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me consoló y, aunque todavía no tenía más que seis años, me dije para mí: «el día de mi primera comunión rezaré por mi pobre». Cinco años más tarde cumplí mi promesa” (Ms A 15rº). Entre sus recuerdos, se destaca luminosamente la participación activa y fervorosa en los actos de culto en honor de Jesús Sacramentado: “Me gustaban, sobre todo, las procesiones del Santísimo. ¡Qué alegría arrojar flores al paso del Señor...! Pero, en vez de dejarlas caer, yo las lanzaba lo más alto que podía, y cuando veía que mis rosas deshojadas tocaban la sagrada custodia, mi felicidad llegaba al colmo” (Ms A 17rº). La asistencia de toda la familia a la Misa dominical es también evocada con sumo afecto (Ms A 17vº). Cuando contaba siete años de edad, escuchaba embelesada las explicaciones que Paulina daba a Celina, como preparación para recibir la Primera Comunión: “Todas las tardes le hablabas del acto tan importante que iba a realizar. Yo escuchaba, ávida de prepararme también, pero muy frecuentemente me decías que me fuera porque era todavía demasiado pequeña. Entonces me ponía muy triste y pensaba que cuatro años no eran demasiados para prepararse a recibir a Dios... El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión parecida a la de la mía... Me parecía que era yo la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí grandes gracias y lo considero como uno de los más hermosos de mi vida” (Ms A 25rº y vº). 
En sus cartas infantiles a la M. María de Gonzaga y a su hermana Paulina (Sor Inés), nos informa de su preparación personal para recibir a Jesús, con un librito confeccionado por la segunda: “¡Qué estampa tan bonita la que trae al principio! Una palomita que ofrece su corazón al Niño Jesús. Pues bien, yo también quiero adornar el mío con todas las lindas flores que encuentre, para ofrecérselo al Niño Jesús el día de mi primera comunión; pues quiero, como se lee en la breve oración que hay al principio del libro, que el Niño Jesús se encuentre tan a gusto en mi corazón, que no piense ya en volverse al cielo...” (Cta. 11). Más tarde, en los manuscritos autobiográficos nos habla de todo lo relacionado con su primera comunión, recordando cada detalle con sorprendente minuciosidad: preparación, libro de oraciones, actos de amor, ejercicios espirituales, cartas recibidas... hasta los cantos y la decoración floral de la ceremonia: “Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...! Fue un beso de amor. Me sentía amada y decía a mi vez: «Te amo, y me entrego a ti para siempre»... Ni el precioso vestido que María me había comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón. Sólo Jesús podía saciarme” (Ms A 35rº-36rº). Por entonces no se acostumbraba a comulgar con frecuencia, pero en ella surgen inmediatamente deseos de hacerlo: “Aproximadamente un mes después de mi primera comunión, fui a confesarme para la fiesta de la Ascensión, y me atreví a pedir permiso para comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo concedió, y tuve la dicha de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y María. ¡Qué dulce recuerdo he conservado de esta segunda visita de Jesús! De nuevo corrieron las lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin cesar estas palabras de san Pablo: «Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive en mí...!». A partir de esta comunión, mi deseo de recibir al Señor se fue haciendo cada vez mayor. Obtuve permiso para comulgar en todas las fiestas importantes” (Ms A 36rº). 
A pesar de que era sólo una niña, es consciente de que la comunión no es sólo la participación en un rito, sino un encuentro personal y amoroso con Jesús, en el que Teresa queda transformada, “cristificada”. Posteriormente, cuando tiene que permanecer dos tardes a la semana en el colegio para poder entrar en la congregación de las Hijas de María, pasa la mayor parte del tiempo ante el Sagrario, en coloquio amoroso con Cristo: “Subía a la tribuna de la capilla y me estaba allí delante del Santísimo hasta que papá venía a buscarme. Este era mi único consuelo. ¿No era acaso Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con Él” (Ms A 40vº). El milagro de su conversión, su paso de la infancia a la madurez humana y espiritual, tuvo lugar después de la comunión, al regresar a casa de la Misa del Gallo, “en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso” (Ms A 45rº). Es importante recordar que la lectura de estas páginas llevó al Papa S. Pío X a autorizar la comunión de los niños al llegar al uso de razón y a recomendar la comunión frecuente, cosas insólitas hasta entonces.
En el Carmelo, su amor a Jesús Sacramentado irá creciendo con ella. El mismo día de su entrada, su primera visita fue al coro de las religiosas, que “estaba en penumbra, porque estaba expuesto el Santísimo” (Ms A 69vº). Las frecuentes comuniones y las largas horas de oración ante el sagrario, van a purificar y a madurar su alma como el fuego limpia el oro, separándolo de la escoria. Se conservan muchas anécdotas de su trabajo de sacristana. Muchas poesías suyas hablan del altar, del Sagrario, de los objetos utilizados en la celebración de la Santa Misa, del gozo que experimenta al comulgar, etc. Me basta con recordar una sola, titulada: “Mis deseos junto a Jesús, escondido en su prisión de amor”, en la que se compara con la llave del Sagrario, la lamparilla, la piedra del altar, los corporales, la patena, el cáliz, el vino y el pan (PN 25). También en sus cartas podemos encontrar numerosas confidencias sobre sus vivencias eucarísticas y recomendaciones a sus hermanas y conocidos sobre la adoración al Santísimo y la comunión frecuente.
ENSEÑANZAS DE SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ SOBRE LA EUCARISTÍA
En la carta apostólica de Juan Pablo II “La Ciencia del Amor Divino”, el Papa nos recuerda que Teresa de Lisieux “carecía de formación teológica especial” (n 7) y que no podemos encontrar en sus escritos un tratado sistemático de teología. A pesar de esto, sí tiene una doctrina eminente y singular, que ha ejercitado y sigue ejercitando gran influencia sobre la Iglesia contemporánea (cf. n 11). Conocidas son las continuas invitaciones de Hans Urs von Balthasar a tomar en serio las aportaciones de las místicas a la teología: “Nunca la teología de las mujeres fue tomada en serio. Sin embargo, después del mensaje de Lisieux, hará falta, por fin, pensar en la reconstrucción actual de la Teología”. Por lo tanto, aunque Santa Teresita no escribió ningún tratado sobre la Eucaristía, nos vamos a acercar a su experiencia y a sus intuiciones, muchas veces encerradas en la narración de su propia trayectoria vital, así como en símbolos, imágenes y metáforas, que pueden fecundar nuestra reflexión. En el momento central de la Eucaristía decimos: “Este es el Misterio de la Fe”. Efectivamente, ella contiene a Cristo y recapitula todos los misterios de su vida. Por eso se podrían tratar muchos aspectos: el sacrificio, el banquete de comunión, la presencia real de Cristo en las especies consagradas después de la Misa, la construcción de la Iglesia, el anuncio y anticipo de la vida eterna... Por la limitación del tiempo sólo trataremos los tres primeros.
3.1. EL SACRIFICIO DE LA MISA. En los siglos pasados, éste era el aspecto más destacado de la reflexión sobre la Eucaristía. Normalmente se hablaba del “Santo Sacrificio de la Misa” y de su valor propiciatorio. La polémica entre los Reformadores Protestantes y Trento no ayudó a tratar el tema con la debida serenidad. Hoy parece un tema pasado de moda y se ha desplazado el acento hacia otros aspectos. Santa Teresita no se pierde en disquisiciones abstractas, pero puede darnos luz en tan espinoso asunto. Claramente influida por Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz, en su vida y en sus escritos resplandece el afecto hacia la persona histórica de Jesús, “la Sacratísima Humanidad, de la que nos viene todo bien”. Por eso prefiere la lectura del Evangelio a cualquier otro libro. En la última página de sus manuscritos autobiográficos escribe: “Sólo tengo que poner los ojos en el Santo Evangelio para respirar los perfumes de la vida de Jesús” (Ms C 36vº). Ella sabe descubrir en la Eucaristía un resumen de los misterios de la vida de Cristo. Por eso, siempre la pone en relación con ellos, especialmente con la Encarnación y la Crucifixión. Poco después de la gracia de Navidad, con solo 14 años escribe en un cuaderno de redacción: “Jesús, para salvar a los hombres quiso nacer más pobre que los pobres... ¿Quién, Jesús, se atreverá a negarte este corazón que tan merecidamente has conquistado y al que has amado hasta hacerte semejante a él y dejarte luego crucificar por unos verdugos despiadados? Además, eso no te pareció todavía suficiente: tuviste que quedarte para siempre cerca de tu criatura, y desde hace dieciocho centenares de años estás prisionero de amor en la santa y adorable Eucaristía”. Como vemos, ya desde tan temprana edad entiende la Eucaristía como una prolongación del “abajamiento” del Señor. En sus escritos, Teresa cita varias veces la afirmación de San Juan de la Cruz: “es propio del amor abajarse”. El que ha querido hacerse pequeño, naciendo de María; el que ha aceptado hacerse débil, entregándose a la muerte; sigue haciéndose pequeño y débil en la Eucaristía hasta el final de los tiempos. Para Teresa, lo importante es la motivación de este triple “abajamiento”: “para salvar a los hombres”. Estamos ante un sacrificio por amor. Este tema es recurrente en todos sus escritos, especialmente en sus numerosas poesías de tema eucarístico. Nos basta una como ejemplo: “Mi corazón robaste, haciéndote mortal y vertiendo tu sangre ¡oh supremo misterio! Y aún vives desvelado por mí sobre el altar” (PN 23, 5). En la Encarnación, Jesús se hizo mortal, asumió nuestra naturaleza limitada y caduca. En la Muerte llevó la Encarnación a las últimas consecuencias. En la Eucaristía se prolonga este misterio, en el que “el Dios fuerte y poderoso” (Ms A 45rº), “se hace pequeño y débil por mi amor, para hacerme fuerte y valerosa, para revestirme de sus armas” (Cf. Ms A 44vº). En la noche de Navidad de 1886, Teresa comprendió que toda la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte, fue “un sacrificio”, una entrega continua y voluntaria por los hombres, olvidándose de sí mismo. También comprendió que la única felicidad posible está en parecernos a Jesús, en repetir su “sacrificio”, olvidándonos de nosotros mismos, de nuestras comodidades y caprichos para pensar en los demás. Por último, comprendió que en la Eucaristía se renueva esa entrega del Señor y se produce un admirable intercambio: Él se hace débil para darnos fortaleza, se hace pequeño para engrandecernos, se humilla para enaltecernos, asume nuestra pobreza para darnos su riqueza. En una preciosa y larga poesía, Teresa recuerda todos los misterios de la vida de Jesús a la luz de este amoroso abajamiento que nos engrandece: “Acuérdate, Jesús, de la gloria del Padre y del esplendor divino que dejaste en el cielo al bajar a la tierra, como un pobre exiliado, para rescatar a todos los pecadores” (PN 24, 1). Continúa recordando la infancia, la huida a Egipto, el tener que ganar el sustento con su trabajo, la pobreza, la sed... para llegar a la agonía de Getsemaní y a la muerte, abandonado de todos, “pues nadie quería creer que fueses el Hijo de Dios, ya que tu gloria estaba escondida” (n 23). Más adelante dedica 4 estrofas al nuevo abajamiento de la Eucaristía, que continúa sometida al abandono, al desprecio, a los ultrajes (nn 28-31) hasta el final de los tiempos (n 33). Con su abajamiento, Jesús se convierte en “Pan del desterrado, que «endiosa» a quien lo come”. No podemos analizar todos los textos en los que se habla de la fecundidad del sacrificio de Jesús, de los frutos de la “entrega” que Jesús hace de sí mismo, pero sí querría recordar que ésta es la causa de la fecundidad de nuestros sacrificios, de nuestras “entregas” por amor: “Yo podré, cerca de la Eucaristía, inmolarme en silencio, exponiéndome a los rayos que emite la Hostia divina. Yo me quiero consumir en esta hoguera de amor...” (PN 21, 3). Al final del Manuscrito B, en el que narra el descubrimiento de su vocación, llega a denominar “locura” el abajamiento de Jesús en la Encarnación, en la Cruz y en la Eucaristía. Dicha locura de amor provoca la locura de la respuesta de Teresa en un amor plenamente confiado: “Verbo Divino, precipitándote sobre la tierra del exilio quisiste sufrir y morir a fin de atraer a las almas hasta el centro del Foco eterno de la Trinidad bienaventurada. Eres tú quien, remontándote hacia la Luz inaccesible que será ya para siempre tu morada, sigues viviendo en este valle de lágrimas, escondido bajo las apariencias de una blanca hostia ... Jesús, déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura. ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hasta ti ¿Cómo va a conocer límites mi confianza?” (Ms B 5vº).
3.2. LA EUCARISTÍA ES UN BANQUETE DE COMUNIÓN. Todos conocemos el amor de Santa Teresita a la Sagrada Escritura. Ella encontró en la lectura y meditación de la Biblia las luces necesarias para su vida. Sus enseñanzas sobre la Eucaristía son totalmente evangélicas. Un texto tomado de una redacción compuesta con sólo 14 años nos muestra su fina sensibilidad bíblica y litúrgica, algo poco corriente en su época: “La fiesta de Pascua de hoy ¡es mucho más dulce que la de los antiguos israelitas! Entonces ellos no comían más que la carne de un cordero que era la figura de Jesús, mas ahora ya no es un cordero lo que nos es ofrecido, es Jesús, el Cordero sin mancha el que se da a nosotros para comunicar la vida a nuestras almas” (Escritos Primerizos, 33). Semejante sensibilidad nos llama la atención aun más si tenemos en cuenta el ambiente religioso de su época. Conservamos las notas  de su retiro de preparación para la primera comunión en el “cuaderno azul”. Hoy nos sorprende que se pudiera usar semejante terrorismo intelectual con unas niñas: “El señor abate nos ha hablado de la muerte, y nos ha dicho que no había manera de hacernos ilusiones, que era segurísimo que teníamos que morir, y que quizá habría alguna que no terminase el retiro... El señor abate nos representó las torturas que se sufren en el infierno. Nos ha dicho que de nuestra primera comunión iba a depender que fuésemos al cielo o al infierno... El señor abate nos ha hablado de la 1ª comunión sacrílega. Nos ha dicho cosas que me han dado mucho miedo”. Al año de recibir la primera comunión, se hacía un nuevo retiro y una nueva celebración solemne, que era llamada la “segunda comunión”. Las notas del retiro no mejoran respecto a las del año anterior: “Lo que dijo el señor abate era espantoso. Nos ha pintado el estado de un alma en pecado mortal y cuánto la odia Dios”. Ante semejante predicación, no es extraño que la gente sencilla no se atreviese a acercarse a comulgar más de una o dos veces al año. Las pláticas del abate Domin provocaron en Teresita una terrible crisis de escrúpulos, que tardó año y medio en superar, aunque no dejó de acercarse a la comunión. Conservamos una nota al final del cuaderno gris (de redacciones escolares), en las que va apuntando los permisos que le da su confesor para comulgar durante los años 1884-85; en total, 22 veces.
En su epistolario posterior hará referencias a esta etapa de su vida y sacará importantes enseñanzas. Veamos un ejemplo en sus recomendaciones a María Guérin, que sufría de escrúpulos y había abandonado la comunión: “Conozco tan bien lo que son esa clase de tentaciones ... ¿Quieres que te diga una cosa que me ha dado mucha pena? Que mi Mariíta dejara de comulgar ... ¡Qué pena tan grande le habrá dado eso a Jesús! Muy astuto tiene que ser el demonio para engañar así a un alma. ¿Pero no ves, tesoro, que esa es la meta que persigue? ... Quiere privar a Jesús de un tabernáculo amado ... Cuando el diablo consigue alejar a un alma de la sagrada comunión, lo ha ganado todo. ¡Cariño!, piensa, pues, que Jesús está allí en el sagrario expresamente para ti, para ti sola y que arde en deseos de entrar en tu corazón ... Vete a recibir sin miedo al Jesús de la paz y del amor ... Es imposible que un corazón «que sólo encuentra descanso mirando un sagrario» ofenda a Jesús hasta el punto de no poderle recibir. Lo que ofende a Jesús, lo que hiere su corazón es la falta de confianza ... Hermanita querida, comulga con frecuencia, con mucha frecuencia. Éste es el único remedio si quieres curarte” (Cta. 92 del 30 de mayo de 1889). Teresa se tomó muy en serio las palabras de Jesús: “El que me coma vivirá por mí” (Jn 6, 57) y estaba convencida de la importancia de la comunión diaria, algo que no podrá conseguir en toda su vida. En la “Ofrenda de sí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios”, exclama: “¡Ay! No puedo recibir la sagrada Comunión con la frecuencia que deseo, pero, Señor, ¿no eres Tú Todopoderoso? Quédate en mí como en el sagrario. No te alejes nunca de tu pequeña hostia” (Or 6). Desde pequeña, ella estaba segura de que el fin principal de que Jesús se haga presente en la Eucaristía es darse a nosotros. La Eucaristía es, en primer lugar banquete: “Jesús convoca a todos sus hijos a acercarse al banquete de los Ángeles. ¡Oh! Qué dulce es la llamada que Él hace oír al alma para rogarle que venga a tomar su puesto en el banquete que Él ha preparado en la inmensidad de su amor” (Escritos Primerizos, 32). En la Eucaristía, Cristo se nos comunica, se nos entrega, quiere entrar en nosotros: “Él no baja del cielo un día y otro día para quedarse en un copón dorado, sino para encontrar otro cielo que le es infinitamente más querido que el primero: el cielo de nuestra alma, creada a su imagen y templo vivo de la adorable Trinidad” (Ms A 48vº). En la Eucaristía nos alimentamos del mismo Cristo resucitado: “Sólo Jesús, oculto bajo los velos de la blanca hostia podrá darme la fuerza ... Voy a recibiros oculto bajo la apariencia de un poco de pan...” (Or Juana de Arco, 883 y 887). En la comunión eucarística se produce un encuentro esponsal entre Él y nosotros. Ya sabemos que Teresa llamó a su primera comunión “un beso de amor de Jesús a mi alma”. En los responsorios de Santa Inés, podemos leer: “Mi corazón es más puro y yo soy más casta cuando toco a Cristo, cuando me da el beso de su boca” (PN 26, 6). Más aún, por la comunión nos transformamos en Él, algo en lo que insiste Teresa en varios textos “¡Oh, qué dichoso instante, cuando entre mil ternuras, me transformas en ti, mi dulce compañero! Tal comunión de amor y tan dulce embriaguez son para mí mi cielo” (PN 32, 3).
3.3. LA PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LAS ESPECIES CONSAGRADAS DESPUÉS DE LA MISA. Teresa aprendió desde su mas tierna infancia que Jesús está realmente presente en el sagrario. Ya hemos visto que su padre la llevaba cada día a hacer la visita al Santísimo. La fe de su padre era tan grande que, con frecuencia, se le llenaban los ojos de lágrimas durante la adoración. Esto lo recordará siempre. Ya en el Carmelo, la comunidad reza la Liturgia de las Horas y permanece dos horas diarias de oración silenciosa ante el sagrario. El título de algunas de sus poesías y oraciones es suficientemente significativo: “El átomo de Jesús-Hostia”, “Mis deseos junto a Jesús, escondido en su prisión de amor”, “las sacristanas del Carmelo”, “Oración a Jesús en el sagrario”, etc. Las 15 estrofas de su poesía “Vivir de amor” (la más conocida de todas), las compuso de un tirón durante la adoración del Santísimo solemnemente expuesto el 26 de febrero de 1895: “Por mí vives oculto en una Hostia, ¡por ti quiero esconderme en el sagrario!...” (PN 17, 3). La presencia de Jesús en la Eucaristía es tan cierta, que la compara en varias ocasiones con su presencia histórica sobre la tierra hace 2000 años. Para su hermano espiritual, el abate Bellière, pide a la Virgen: “¡María, dulce Reina del Carmelo!, a ti confío el alma de este futuro sacerdote. Enséñale ya desde ahora con cuánto amor tocabas tú al divino Niño Jesús y lo envolvías en pañales, para que él pueda un día subir al altar santo y llevar en sus manos al rey de los cielos” (Or 8).
A Celina, que le escribe escandalizada porque ha encontrado una iglesia con el sagrario sucio y abandonado, responde amablemente: “En su pasión su rostro estaba escondido, hoy también lo sigue estando. Celina querida, hagamos de nuestro corazón un pequeño sagrario donde Jesús pueda refugiarse. Así, Él se verá consolado y olvidará lo que nosotras no podemos olvidar: «la ingratitud de las almas que lo abandonan en un sagrario desierto»” (Cta 108). Sobre el tema volverá en las cartas posteriores. Para ella, la consecuencia lógica de la presencia de Jesús en el sagrario es el espíritu de adoración. Acepta el valor de la intercesión y la practica, pero coloca muy por encima la práctica de la adoración silenciosa: “Muchas veces, sólo el silencio es capaz de expresar mi oración, pero el huésped divino del sagrario lo comprende todo” (Cta 138). En su presencia no necesita pedir nada ni sentir nada, sencillamente ofrece de manera gratuita su propio tiempo y su propia vida: “Oh, mi admirable Rey y Sol de mi vida. Tu divina hostia es pequeña como yo ... Todas las criaturas pueden abandonarme. Yo intentaré, sin quejas, junto a ti resignarme. Si tú me abandonases, sin tus dulces caricias, mi divino Tesoro, aún te sonreiría ... Yo espero en paz la gloria de la eterna Mansión, ¡pues tengo en el sagrario el fruto del amor!”(PN 52, 11.13-14.18).
P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD